Hay una imagen que describe con claridad una tensión presente en nuestro sistema educativo. En Argentina, las carreras de psicopedagogía están llenas de estudiantes, mientras que muchos profesorados de educación primaria tienen cada vez menos inscriptos.
No es solo un dato. Es una señal que debería invitarnos a reflexionar.
La escuela fue creada para enseñar. Y cuando la enseñanza es clara, sistemática y está bien acompañada, la mayoría de los chicos aprende dentro del aula. Con tiempos adecuados, práctica sostenida y propuestas bien diseñadas, el aprendizaje ocurre donde tiene que ocurrir: en la escuela.
Sin embargo, cuando la enseñanza se debilita —ya sea por falta de formación específica, escasez de herramientas concretas o materiales poco adecuados— muchos de los problemas que aparecen no son necesariamente dificultades individuales de los estudiantes, sino señales de que algo en la propuesta de enseñanza necesita fortalecerse.
Y ahí es cuando el problema se desplaza.
Lo que podría resolverse dentro del aula empieza a salir de la escuela. Aparecen las derivaciones, los apoyos externos, los espacios individuales. Crece la demanda de atención en consultorios, muchas veces para abordar dificultades que, con una enseñanza más explícita y estructurada, podrían haberse prevenido o acompañado desde el inicio.
Esto no implica desconocer el enorme valor del trabajo psicopedagógico. Las psicopedagogas cumplen un rol fundamental, especialmente cuando existen dificultades específicas que requieren intervenciones especializadas.
Pero también es importante reconocer algo: una escuela que enseña bien reduce significativamente la necesidad de intervención externa.
Por eso, quizás la pregunta más relevante no es por qué hay cada vez más derivaciones, sino qué estamos haciendo para que las aulas vuelvan a ser el principal espacio donde los chicos aprenden.
Fortalecer los profesorados, acompañar a los docentes con formación continua y herramientas concretas, y diseñar materiales que faciliten una enseñanza clara y progresiva no solo mejora los resultados de aprendizaje. También evita que muchos desafíos educativos se transformen, innecesariamente, en problemas clínicos.
Recuperar la centralidad de la enseñanza es, en el fondo, volver a poner a la escuela en el lugar que le corresponde.
Porque cuando la escuela enseña, muchos chicos ya no necesitan ser derivados.


